martes, 26 de noviembre de 2013

KATIA IN PROGRESS


katia in progress

acrílico y pastel sobre lienzo en bastidor de 40 x 70 cm. primer esbozo.
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miércoles, 6 de noviembre de 2013

CATO IN PROGRESS…



cato in progress

ACRÍLICO SOBRE LIENZO EN BASTIDOR DE 40 X 80 CM
2013
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jueves, 10 de octubre de 2013

THERESA

 
Adoro ciertas rutinas. Me sostienen en un estado familiar. Las sigo con el placer de saberme distraído, silencioso, despierto.
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Los pájaros de la ciudad, hay que decirlo, son cada vez más.
Me atraen con sus miradas ágiles y furtivas.
Un día seguí a uno por largas cuadras durante unas cuantas horas, hasta que se perdió en una enramada fulera. Di media vuelta y me fui. No daba para más.
A ése mismo (lo reconocí por el leve desvío de su ojo izquierdo), lo vi en la plaza que cruzaba casi a diario, diario en mano, para luego estacionarme en la veredita del bar de la esquina, asoleada y tranquila como todo en esa zona.
Ése, con sus botitas rojas y su pico morado. Ese que me hizo caminar hasta perderme en las callejuelas hasta bien entrada la tarde, cuando ya solo veía un destello azulado.
Volviendo a la parte del bar, inmediatamente después de que pedí lo de siempre, el quía aterrizó enfrente de mí y se sentó con total descaro en la silla desocupada. Estaba como simpática y sonriente, la picarona. Porque noté ahí nomás, debo decirlo también, que era una nena, una fémina, una pajarita. Y que además sabía, tanto como yo, que iba a caer en mis garras (o yo en las suyas… esa parte no ha quedado muy clara).
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Nos miramos mucho, largo y tendido. Le convidé una masita de las que venían con el café y la aceptó, tímida y sensual.
Yo no tenía muchas ganas de hablar. Afortunadamente la comunicación fluyó por canales diferentes. Nos sabíamos presentes y empáticos.
Antes de cada bocado abría sus alas para coquetearme. Y eso me encantaba. Tanto color en un ser tan pequeño me llevaba a lugares inhóspitos de mi débil psiquis, borrando todo vestigio de realidad.
Esas curvas rodeadas por líneas azuladas en un fondo dorado eran exquisitas. Y la visión de sus aterciopeladas axilas me transportaba al edén y al infierno a la vez.
Ella invadía mis sentidos, ahogándome en el deseo de poseerla para siempre en un solo instante. Automáticamente, todo lo demás desaparecía en una nube sin importancia.
Sin tocarnos siquiera, algo en mí empezaba a crecer. Era el efecto del amor por esos ojos pequeños y brillantes. Por esas plumas suaves que enmarcaban deliciosamente el final de su espalda.
Me la llevé. Y la llamé Theresa.
La metí en mi cama y se quedó quieta, muy quieta.
Sentí fundirme en sus colores, perteneciéndonos. Mis latidos se aceleraban a la par de los de ella, que resonaban en mis labios. Sus caricias eran cosquillas que me erizaban entero. Y ni hablar del perfume de su cuello. Era poderosamente embriagador.
Ya no se distinguían los soles de las lunas. Y las agujas de los relojes se derritieron con nuestra pasión.
En alguno de esos instantes eternos me sentí volar con sus alas. El cielo era tan mío como sus entrañas tibias, y el fuego de su lengüita me borraba la visión.
Casi por explotar, sentí sacudones en el pecho que me empujaban a lo que parecía un abismo infinito. Y acabé saltando, sin redes que amortiguaran el porrazo final.
Cuando desperté, después de varios días de inconsciencia, ya no estaba. Y sabía que no iba a volver.
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Si algo me quedó claro en todos estos años atrapado en este loquero es que nunca más podré ir a burdel alguno. Dicen que mi frágil corazón no lo resistiría (aunque a veces me cabe la duda).
En cada sesión psiquiátrica me hacen repetir una y otra vez que aquel impactante abismo del que hablo resultó no ser tan infinito, y que terminé estropeado contra una dura vereda.
Aún así, deambulo por el parque con la esperanza de encontrarla en cada sombra, en cada rama. Tengo todo el tiempo que queda de mi enferma vida para buscarla.
Los enfermeros ya no me dejan subir a la terraza, ésa, la de más arriba. No entienden lo feliz que me hace recordar esas alas doradas… Dicen que mi cuerpo ya no resiste un golpe más.
Yo creo que sigo vivo gracias a sentir, de vez en cuando, aquellos golpes de nuestros corazones latiendo juntos… y a las suaves alas de mi Theresa rodeándome las caderas, queriéndome ver una y otra vez deshecho a sus pies.
Los bochólogos de acá insisten en que note que lo que llamo «pies» eran garras, y que tenían la natural decisión de sacarme de mi complaciente rutina solo para desquiciarme, cosa de féminas nomás.
Sin duda y a pesar de todo, prefiero quedarme con mi versión de la historia. (Como les conté de entrada, adoro ciertas rutinas…)
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theresaa
 
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cMc | 13.7.13
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DER ZAUBER (El Hechizo)

 
el perfume
 
Lucía dormida. Dormida y desnuda.
Acurrucada, escondida en su brazo, quería ser invisible. Sus ojos apretados deseaban no pensar más. Intentaba apagar su mente forzándose al sueño. Al menos un rato de silencio, hasta el ocaso implacable.
Ya no se preguntaba cómo llegó a eso. Ya no. Pero el tiempo y el olvido no siempre llegan juntos. En su caso, había pasado mucho tiempo, y muchas cosas había para no olvidar.
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Su costado dolorido bramaba silenciosa clemencia. Se decía a sí misma - todo pasará. Pero los años formaban un círculo infinito, diferenciados solo por las diferentes heridas en su cuerpo entumecido.
Heridas que inmediatamente sanaban, dejando una indeleble cicatriz en la memoria de Lucía. Sabía muy bien que eran señales. Marcas de su arriesgada decisión.
Entonces, sumisa y obediente, volvía a su noche cotidiana. Una y otra vez retornaba deliberadamente a ese infierno extraño y ensordecedor.
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La época no ayudaba. Las mujeres existían para cosas muy puntuales; el mundo era para otros.
Tiempo atrás, cuando la ciudad entera lucía empedrada, Lucía era una luz. Todo se iluminaba a su paso altanero. Sus vestidos relucían como espejos, reflejando los verdores más verdes que nunca. Todo parecía florecer, despertar. Y el asombro se instalaba en el aire como una brisa mágica que obligaba a sonreír.
Los labios de Lucía lograban que las miradas más rústicas destellaran de luminosidad.
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Pero junto con el asfalto, llegó la decadencia. Eso fue algo más que nunca olvidaría.
Como tampoco olvidaría ese cálido día de sol en la plaza, cuando aparecieron, mientras disfrutaba del perfume rojo de esas rosas, esos ojos verdosos que la hechizaron para siempre, llevándola a un lugar que jamás imaginó.
Un laberinto embriagador, excitante, ambiguo. Irresistible.
Y más oscuro que la soledad de la muerte.
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Extasiada, se entregó. Sin la menor resistencia.
El placer y la euforia se fueron tornando en dolor. Agudo, en la sien, en su cuello, para luego derramarse en todo el cuerpo.
Miles de colmillos rasgándole las múltiples capas de seda, brocato y piel al correr por los pasillos húmedos de ese encierro.
Estaba viviendo su propio, personal y ansiado fin del mundo. Y aprendió a no correr más.
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Su alma pura la llevó a ese día para hacer una causa, cargando sobre sí la injusticia del deseo como forma de amor.
En el fondo sabía que aquello no era vivir. Con tanta mugre alrededor, no se sentía con derecho a brillar.
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Entregó su sangre gota a gota.
Su intención casi visceral fue librar a muchas del padecimiento de moda, la cual resultó tan sincera como imprudente. Y solo logró agitar las aguas. Los pescadores se regodearon por varios siglos más.
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No hay mucho más que contar.
Los abusos continuaron y Lucía siguió con su alma dolorida por toda la eternidad.
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Y aunque la ansiedad le devoraba cada suspiro, guardó entre ellos el callado anhelo de ser besada, algún día, por la boca dulce de la muerte. Y así sentir, aunque sea por un instante, el amor verdadero, condicional, de una única y valiosa vida, que marque el fin del hechizo.
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cmc
09.09.13
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(Relato basado en la portada del libro EL PERFUME de Patrick Süskind)
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domingo, 28 de julio de 2013

LA MALDONADO

 

Yo nací del otro lado. Del lado de las fieras.

Y nadie conocía como yo esas tierras…

 

Aldea-de-Buenos-Aires-en-1536

 

Allá por los mil quinientos, en estas pampas había gente nueva traída de distintos lugares. Como por ejemplo de las Europas, repletas de gente para descartar. Se las quería fuera de ese siempre viejo primer mundo.

Resulta ser que esta gente, ansiosa por tener una nueva vida en una nueva tierra, se encontraba con mil salvajes injusticias. Tal vez, creo, peores que las que ya conocían.

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Un grupo de chozas rodeadas por una empalizada para protegerse de los dueños reales de esas tierras, llamados indios, fieras o alimañas, era lo que hacíase llamar la tierra prometida, el nuevo mundo.

Claro que prontamente se instaló la hambruna, y virus y bacterias se encontraron a sus anchas. Foto atroz. De esas que no se quieren ver.

Con el hambre, antes que la muerte llega la locura. Pero evidentemente, en ese tiempo como en muchos otros, había algunos innombrables con poder que permanecían a salvo. Estos, decidieron que los que intentaban salir de la ciudadela serían ejecutados, como así también los que osaran invadirlos (llámense Querandíes).

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En ese tiempo feroz, una mujer, enloquecida ante tanto horror, corrió hacia la empalizada, abrió la tranquera y se fue. Había sido una de las recogidas del atracadero de Sanlúcar de Barrameda.

Nadie en ese entonces sabía que era una Medina, perteneciente a la Casa de Medina Sidonia de la vieja Andalucía, que con la valentía propia de su estirpe anduvo sin dudar hasta llegar a aquel arroyo lejano del asentamiento. Y ahí quedó. Inconsciente y más viva que nunca.

 

MurallasMedina-BarrantesMaldonado

 

Dicen las leyendas que una puma la alimentó. Y luego ella la ayudó a parir dos gatos hermosos. Por suerte, su nueva familia pudo defenderla de los locales infradotados que insistían en someterla (ser mujer ha sido difícil en todos los tiempos).

La historia sigue diciendo que un día, los “señores” del chozaje la encuentran y la ajustician por haberse escapado, dejándola ultrajada y casi muerta para que terminen la labor las “fieras” que habitaban esos parajes desolados más allá de aquel arroyo mal llevado.

Desconociendo la verdadera naturaleza de ese ser, no imaginaron que sus amigos, las “fieras”, la cuidarían y acompañarían durante mil vidas, en las que fue libre y feliz.

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Todo ese lugar cambió. El arroyo desacatado fue entubado y las bestias extinguidas.

Pero yo, que nací cerca de ahí unos años (cientos) después de todo aquello, percibo el fulgor de esas auras a diario cuando traspaso esa zona en tren o como sea.

Una barrera invisible separa Belgrano del centro de Buenos Aires. Y una parte de mí ve a la que llamaban “La Maldonado” y a sus amigos pumas recorriendo el lugar con esplendor.

Es un allá y acá. Un antes y un después. Y siempre lo será.

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El arroyo sigue haciéndose notar. Sobre todo en las tormentas.

Tal vez, algún día, la Maldonado logre perdonar a las verdaderas bestias de esta historia y entonces, solo entonces, las aguas se encaucen solas.

 

Viejo_arroyo_maldonado2

inundación palermo jbj

cMc

29.06.13

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Sanl%C3%BAcar_de_Barrameda

http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo_de_la_Casa_de_Medina_Sidonia

 

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viernes, 19 de julio de 2013

BOSQUEJO


bosquejo e

acrílico sobre bastidor con lienzo de 1,20 x 1,00 m
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lunes, 1 de julio de 2013

in progress


DSCN3790_041

(acrílico y óleo sobre tela pequeña, en construcción. 2013)
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nuevos detalles


DSCN3793_044
DSCN3794_045

(óleo sobre telas chicas en construcción. 2013)
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miércoles, 12 de junio de 2013

LOS INMORTALES


los inmortales
LOS INMORTALES
Hasta nosotros sube de los confines del mundo
el anhelo febril de la vida:
con el lujo, la miseria confundida.
Vaho sangriento de mil fúnebres festines,
espasmos de deleite, afanes, espantos,
manos de criminales, de usureros, de santos.
La humanidad con sus ansias y temores,
a la vez que sus cálidos y pútridos olores,
transpira santidades y pasiones groseras.
Se devora ella misma y devuelve después lo tragado.
Incuba nobles artes y bélicas quimeras,
y adorna de ilusión la casa en llamas del pecado;
se retuerce y consume y degrada
en los goces de feria en su mundo infantil.
A todos les resurge radiante y renovada,
y al final se les trueca en polvo vil.

Nosotros, en cambio, vivimos las frías
mansiones del éter, cuajado de mil claridades,
sin horas, ni días,
sin sexos, ni edades.
Y vuestros pecados y vuestras pasiones,
y hasta vuestros crímenes nos son distracciones,
como que el desfile de tantas estrellas
por el firmamento.

Infinito y único es para nosotros el menor momento.
Viendo silenciosos vuestras pobres vidas inquietas,
mirando en silencio girar los planetas,
gozamos del gélido invierno espacial.

Al dragón celeste nos une amistad perdurable;
es nuestra existencia serena, inmutable,
nuestra eterna risa, serena y astral.


Hermann Hesse





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sábado, 8 de junio de 2013

QUIEBRE


2013-06-07 00.02.03

Puse mis manos en un cuadro
Y allí quedaron.
Tiesas. Pintadas.
Desesperadas.
Mordiendo los verdes a la luz de un sol rojo.
Rojo y ciego.
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No se necesita Ver para saber lo que te están diciendo.
Solamente callar.
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Y aunque tus manos ardan de furia,
y tus muñecas quiebren hilos de cristal,
ese ronroneo anuncia lo invisible.
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Es inútil querer morir.
Y sufrir se reduce a una actitud.
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Ese Tiempo que anda rondando murmura que
más luego,
otros colores teñirán todo de cierta realidad.
Y ese todo será entonces
un cuadro
convenientemente pintado.
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Hoy,
creo que el tiempo puede equivocarse.
Porque en cierta realidad no existe.

Entonces dejo que mis manos
hagan lo quieran.
Y yo las acompaño.
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CmC
6/6/6
(06.06.2013)































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viernes, 10 de mayo de 2013

MARA


ap 3

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Guerra.
El fin del mundo.
El Apocalipsis.
El fin de los tiempos.
¿Otra vez?
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Mara recorría los ambientes en busca de silencio total.

Aunque hasta en el living octogonal que estaba justo en el centro del amplio departamento oía voces lejanas que parecían provenir de la alfombra añil. O tal vez de las propias paredes.

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¿No alcanzó con la última masacre, en la que se mutilaron sin piedad  entre vecinos? ¿Entre familia?
Quedaban pocos y aislados. Pero todavía los había. No eran gente. Eran aglomerados de genes estancados, ingrávidos e implacables, capaces de cualquier cosa para apoderarse del espacio y de las ideas ajenas.
Vaya virus extirpador de ideas...
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Esa compulsión ezquizoide no pudo sacársela de encima ni con el anterior apocalipsis.
Sabía del virus, que continuaba esparciéndose por contagio.
Sabía de los afectados, que andaban diseminados por lo poco que quedaba de la ciudad.
Sabía del agua salada. Todo el mar y sus Dioses Implacables alrededor de la enorme isla de cemento, verdosa de humedad.

Entonces Mara se encerró en los altos. Quería conservar ciertas ideas que la inspiraban para seguir viviendo.

Con el afán de olvidar el horror que sus propios ojos atestiguaron, cultivó ideas de Amor y Tolerancia. Ideas de Generosidad y Comprensión.
Se dio cuenta que estas ideas serían envidiadas hasta el crimen, obviamente incluyendo sus estadios anteriores: el maltrato, la agresión, la calumnia, los insultos y otras muchas expresiones.

La envidia hacía rato que era moneda corriente. Tan corriente como los riachuelos de sangre en los que los animales resbalaban hasta que ese, aquél viento los rescataba.

Claro que hasta la serenidad era perseguida. Y ni hablar del silencio, o la creatividad.

Lo que apenas llegó a saber, es que esas ideas que protegía y alimentaba con pasión, eran inspiradas por unos Ojos Grises que ese, aquél viento le arrimaba cada noche.

Naturalmente, ese virus también llegó a sus ya no tan pequeños hermanos. Y padeció el no poder impedir que escaparan de la psicótica epidemia.

Mara sabía que los más beneficiados con esta hecatombe eran Los Malditos. Así llamaban a los Dioses que se fueron a vivir a lo profundo del mar. Lo notaba cuando soplaba ese viento generado por sus regodeos. Ése, que soplaba solo en algunos pocos lugares de la ciudad.
El edificio de Mara era uno de ellos. De ahí su nombre, “El del Viento Maldito”.
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Mara pasaba gran parte de su día frente al gran espejo del salón octogonal en busca de posibles señales de contagio.
Revisaba su rictus, su ceño, su postura. Una leve inclinación hacia adelante de los hombros la llevaba a días de entrenamiento feroz. No se lo podía permitir.
Luego pasaba horas en su tina, burbujeante de fragancias que ella misma destilaba de las extrañas plantas que crecían en su terraza.

Llegó a reconocer que el legado más valioso de su avara familia fueron las alacenas llenas de todo lo necesario para su alimento diario. Y el de muchos sobrevivientes.

Cada día era un largo viaje hacia la ansiada noche, porque solo en sus sueños aparecían esos intrigantes Ojos Grises.

En cada amancecer aumentaba su empatía con estos seres profundos, aparentemente malditos. De algún modo los sentía sus pares. Tan inaccesibles y tan distantes... Y empezó a llamarlos «familia».

Pero hubo una noche rara en la que el insomnio se hizo presente. Idas y vueltas. Y mezclas de tés, inciensos y variazepam. Y nada. Y se levantó. Y fue directo a su sillón frente al espejo. Y se dispuso a escuchar.

Los ruidos eran cada vez más fuertes denotando su cercanía. Aterrorizada y muda, con su mirada clavada en el espejo, empezó a ver movimientos en él. En principio el color de sus ojos. Los de ella. No podía ser. Se movían, tornándose grises. Sentada, inmóvil del susto, notó que en el espejo su cuerpo se movía también al compás de un latido expansivo, deformándolo. De fondo, ruidos, gritos y peleas vecinas, nuevas y a la vez harto conocidas. Y ella petrificada y moviéndose a la vez, viendo cómo su «familia» salía a través del enorme espejo con grandes sonrisas azules y deformidades imposibles. Se vio rodeada por esos seres coloridos y raros que posaban alegres como para una foto. Y ella se sintió una más en esa pequeña multitud. Y la invadió una serenidad desconocida.

El abrazo de los Ojos Grises la hizo sentir feliz y segura, como nunca pudo serlo en su vida.

Todos contentos.

Los vecinos chillones resultaron exquisitos con sus traumas y resentimientos acumulados existencia tras existencia y sus rápidos cerebros para la maldad y la intolerancia en general. Apelmazados y fofos por vivir de ideas ajenas, fueron uno a uno sacrificados para la causa de los mal llamados «Malditos», ya que su misión primordial fue la de preservar el Amor Incondicional con el objetivo que, algún día, tal vez, impregne la la superficie de esta Tierra.

Mara, exultante por haber sido elegida como nexo, vivió una larguísima y real vida con su amado Ojos Grises y su encantadora y deforme familia de Dioses Subterráneos.

Cada vez que traspasaba el espejo, ya no se escudriñaba en busca de marcas de odio en su bella cara. Solo disfrutaba de su azulada e imperfecta sonrisa de felicidad.

Mara supo que, de este universo predatorio todos sabemos bastante poco.
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CmC
22.4.13
 
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MARA (prólogo)


escalera

Mara rezaba para que no fuera cierto.
Esos ruidos y rumores nuevos no podían indicar otra cosa más que vecinos nuevos.

En esos días se acordó de sus plegarias de antaño, las que desempolvó y revivió con fuerzas, impregnando las paredes con su voz.

No estaba lista para eso. Nunca lo estuvo.

Hacía años que disfrutaba su solitaria vida en el edificio conocido como “El del Viento Maldito”.

«¿Por qué será?» pensaba.
«Dicen que Grises son los Ojos del Diablo, Grises Como tu Olor», murmuraba.

Como heredera de una familia demasiado tradicional y ya demasiado muerta, lo eligió entre varias de sus propiedades sin un atisbo de duda.

Jamás imaginó que a esa altura tendría que soportar una guerra…


(continuará)
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cMc
2.4.13
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sábado, 9 de marzo de 2013

MINIMAL



aguiluchos
Hoy, cinco aguiluchos sobrevolaron mi jardín.
Cato y yo, mudos y extasiados, los vimos ir y venir.
Los vimos aparcar en el tanque vecino, sentimos el roce de sus miradas.
Los vimos desplegar sus alas enormes,
Escuchamos sus chillidos superiores.
Sus picos brillaban, dorados por ese sol.
Marcaron un antes y un después en la tarde atardeciendo.
Iluminaron el aire con su sombra colorida.
En este pedazo de cielo les dimos la bienvenida, como una señal.
Acto seguido moví plantas, corrí piedras, saqué maderas, tiré hojas,
Separé malvones para regalar (demasiados me deprimen).
Cambié aloes de lugar. Despejé sectores oscuros, para que surja lo que deba.
Fue la coronación de un domingo de arreglo y limpieza de cajones olvidados.
Día de deshacerse de objetos caducos, innecesarios, en una especie de ataque minimalista.
Yo soy mujer de aire. Pero no puedo volar con ellos aún.
No hasta que, mínimamente, logre caminar por esta Tierra sin arrepentimientos.
Cla9
18.9.11
Chimango-desplegado

















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lunes, 4 de marzo de 2013

JUAN Y YO

Homenaje a Chuck Palahniuk

“Descubre qué es aquello que más miedo te da y vete a vivir allí.”

Monstruos invisibles




mano

¿Un plan? ¿Tendría un plan? La mera sugerencia ya resultaba irrisoria en un personaje como Juan. Imposible creerle ni la hora. Menos, cuando ponía ese acento afrancesado y neutro. Fue él quien que se llevó consigo a sus seres más preciados para que vibren y sufran los bamboleos de su egocéntrica existencia.
Él mismo.
¿Dá? No.
Y no...

Volviendo a unos cuantos días antes, todo parecía relativamente bajo control. Unas cuasi vacaciones impulsadas más que planeadas por ciertos eventos latosos, como algunas denuncias de una mente aparentemente más desquiciada que la suya, como ciertos cambios laborales, como ciertas ganas de escapar. Nada nuevo.
Y yo ahí, acompañándolo.
Siento las vibraciones que emanan de esas paredes barrocas, su reino, nuestro reino, y me sacan de tema. Porque lo que de verdad, de verdad, de verdad quiero, es que Juan esté muerto. Porque mis padres quieren que esté muerto. Porque la vida sería mucho más fácil si Juan estuviera muerto.

Volvamos al principio del fin. Esto fue en la Gran Fiesta de Carnaval, ésa que solo él podía armar y a la que todos, todos querían ir. Por supuesto, en su mansión heredada de su poderosa y casi desaparecida familia. ¿Mi familia?
Todo lo mejor y en abundancia. Bocados, tragos, drogas, juegos y más. Mucho más.
Pasemos al momento JUAN-SORPRESA-JUAN de la fiesta.
           ¿Cómo es posible que no paremos de mutar y al mismo tiempo sigamos siendo el mismo virus mortal?
Lo dijo con la escopeta colgando de su brazo zurdo y obviamente sin esperar respuesta alguna bajó la escalinata pisando fuerte y lento (era su desfile glorioso, privado y personal).
Yo estaba parada en el medio de todo, atónita y aparentemente ilesa. Miraba la escena a través de mis gafas Alto Romeo como si no estuviera ahí. Claro que no había notado que mi mano colgaba de mi antebrazo de un hilo y el charco de sangre empezaba a mojar mis Luc Boutin. Pero sí noté en el ojo derecho de Juan una gota roja borravino que brotaba y se recostaba en su mejilla.
Sin duda estaba alardeando.
Su discurso continuó enumerando las banalidades cometidas por los damnificados, como vencedor de una cruzada divina y justificada.

¿Cómo puede uno no soportar y a la vez admirar?
El ser humano da para todo. Apreté los dientes y me acomodé el corset con la mano sana. Estábamos en el otoño de nuestro desencanto.

Volvamos unos cuantos años atrás, a las vacaciones familiares. Papá inexistente por su trabajo, mamá tratando de dominar todo. Y Juanchi, mi primo Juanchi, siendo siempre el centro de atención. Por él no íbamos a la comparsa porque había quemado una paloma en plena calle de mediodía. Por él no había caminata para ver la luna salir del mar. Esa vez juntó decenas de sapos en una caja y la dejó en el garaje de la dueña de la quinta.

Mi adolescencia gestó junto con las hormonas un odio impotente imposible de reciclar con los recursos de esa década. Nunca entendí esa, nuestra relación parental. Era bien diferente; no parecía de nuestra sangre. Y mis protestas eran alevosamente ignoradas debido a que todos esperaban algo distinto de mí. Las noches eran demasiado oscuras y demasiado rodeadas de acantilados. Podrías ahogarte con tanto silencio.

Juan sabía cómo domar situaciones. Daba cátedra y enseñaba con detalle cada acción. Sentirse acompañado por mi incondicionalidad lo envalentonaba, y yo no podía negar que su compañía era mi destino. Había perdido todo menos las ganas de vengarme.
Volvamos a la fiesta destrozada.
Cuando un poco de todo ese lujo quedó desparramado por todos lados, sentenció:
—Puedo ser el que quiera.
Él y su escopeta silenciaban lo excedente en forma rápida y eficaz. Acto seguido nos trepamos a un AuDi alquilado por alguien de la fiesta y Juan encaró la ruta con aquella decisión que lo hacía brillar.
Era enorme. Bello y enorme. Y yo me sentía tan pequeña sin mi mano…

Volvamos al momento en que Juan me ató la mano a mi brazo con un mantel de encaje blanco de la fiesta.
—Nunca te pongas en un lugar de lástima, nena. No puedes ser bella hasta que te sientas bella. Tienes un potencial infinito para que te hagan daño. Cuando hayamos destruido este planeta, Dios nos dará otro. Se nos recordará más por lo que destruimos que por lo que creamos. Ya veremos quién serás a partir de ahora.
¿A partir de ahora?
¿En qué momento el futuro dejó de ser una promesa para convertirse en una amenaza? ¿Habrá sido cuando descubrimos esos escalones y pasillos verborrágicos hacia nuestra preciada azotea? Los subimos una, diez, mil veces durante nuestro pasar en esta vida. Y esas paredes cóncavas, repletas de historias siguen allí, en el living de mi memoria.

Volvamos a cuando Juan estacionó en la puerta del edificio. Yo sabía que acabaríamos ahí. Directo y sin escalas. Nuestro edificio. La calle vacía en esa madrugada ya casi muerta. Ábrete sésamo y a subir.
Subir, descanso, subir. La escalera siempre fue nuestro momento de introspección, de confesiones; nuestro.
Agarré el labial de la cartera y en cada pared de los descansos empecé a escribir sin pensar. Quería confesar todo. Todo ese oscuro sentimiento que me llenó la vida hasta ahora. Hasta ahora. Porque no lo quería más conmigo. Quería escupirlo, estrellarlo en esas paredes como muestra de desapego a mi dolor.
—Lo mejor es no oponer resistencia, sino dejarse ir. No te pases la vida intentando arreglar las cosas. Cuando huyes de algo solo consigues que permanezca más tiempo contigo. Cuando luchas contra algo, ese algo se vuelve más fuerte.

Sus palabras me inundaban. Casi llegando a la azotea me empecé a sentir limpia, y mis agobiantes sentimientos por Juan transmutaron en algo que desconocía por estar siempre tan ocupada encerrándome en el odio.
Me di cuenta lo que era el Amor. Y que en realidad siempre estuvo allí.

Y sí. Tenía un plan. Tenía un plan para mí. Era eso, que lograra verme a mí misma sin miedos ni culpas. Tal cual soy. Quería salvarme gracias al caos. Comprobar si era capaz de obligarme a mí misma a crecer de nuevo haciendo explotar mi espacio de comodidad.

Sentí profundamente el Amor que fluía hacia ese ser que con su arrogancia logró lo que nada en este mundo.
Juan, ése que parecía escapar de todo, ése que destrozó santidades, ése que generaba amores y odios con su sola presencia, tenía un plan.

Al abrir la puerta de la azotea vimos el cielo más claro. Parecía un amanecer más. Él se dio vuelta para que vea sus ojos sonrientes y felices. Caminando hacia atrás abrió los brazos como abrazándome y luego abrazó al cielo. Y mirando las estrellas desapareció, entre el borde y la niebla.
Sin duda no fue un amanecer más.

Bajé por el ascensor. Su espejo me mostró una cara con el maquillaje chorreado de tanto llorar. Lo que necesito ahora es hacer las cosas por mí misma. Escribir mi propia historia. Salí y un taxi me llevó al hospital.

Antes que Juan se fuera de esta vida, pude, en esa escalera transformar todo mi odio hacia él, hacia mí y hacia el mundo en Amor Incondicional. Amor verdadero. Verdadero Amor.
Y mi vida empezó de nuevo.



en la azotea


cMc | 13.2.13.
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13.8.15.
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para:
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domingo, 13 de enero de 2013

MÚSICA Y LETRA


bocanada
Augusto Guerrero estaba cansado.
Veía cómo sus sueños se hacían humo descaradamente en su cara. Humo gris verdoso, como el que sube del mar anunciando un naufragio.
Sueños de algodón…
Envuelto constantemente en días complicados, se sentía invisible para los demás. La nube de su taquipsiquia era impúdicamente pesada. (No podía entender cómo semejante mole pasaba desapercibida)
¿Cuánto tiempo más llevará?
Pasaba las horas simulando creer en algo (difícil faena...). Lo cual le resultaba como si mil niños lo acosaran con sus chillidos. Como si mil hembras le mintieran al unísono. Como si mil teles estuvieran encendidas en el canal más verborrágico. Demasiada interferencia.
Y ya no soportaba sus oídos abiertos, su permeabilidad.
¿Qué significa el silencio?
Con gran cuidado tomó los tapones anteriores y los actuales, los despojó de toda pelusa molesta y los sumergió en alcohol.
Me quiero morir mil veces, y una más.
La realidad no era mala. Solo la entendía poco. (Tapones limpios en sus oídos blancos)
¿Qué significan esas voces?
Y las voces. Esas, que sonaban todo el tiempo y le bloqueaban la respiración hasta acudir una vez más al inhalador de emergencia. Esas, que rebotaban en su cabeza como una bata a lo Rush, pero sin aquella adrenalina.
¿Será la medicación?
Ya no esperaba esos ojos sonrientes que lo aceptaron sin preguntar. Menos, aquel gesto adelantando la caricia.
Y ese dolor constante que insistía, invadía, y sin el más mínimo pudor se imponía; y lo podía…
¿Qué se me clava en los hombros?
Algo lo mantenía adusto, crispado, incómodo; defendiéndose del aire que lo tocaba. No lograba acomodarse en su gabán recién puesto. Aun así, salió a subir.
Escalones aliviadores… ¿cuántos son?
Los trepaba con ardor, con la piel hecha pedazos y los ojos de papel…
¿Cuándo llegaré?
La música giraba en su garganta. Estrofas de otra vida, de otros sueños. Preguntas amontonadas y respuestas sin sentido… (Todo amotinamiento pareciera estar bajo control…)
Llegando a la puerta salvadora, la somnolencia tan ansiada empieza a crecer.
¿Empieza a crecer?
Ya no importa dónde van los manojos de deseos truncos. Apuntan hacia el cielo gris. Ciego y sordo de neutralidad.
¿Qué música es esa?
Su alma reconoce los tonos de su estirpe. Y sus alas se rehacen.
¿Qué clase de vuelo es este?
Es el vuelo que vibra en sus ansias, repletas de amor.
¿Adónde debo ir?
Desde aquí, bien derecho a la eternidad.

cMc - 11.12.12
(…con secuelas de letras y músicas incrustadas en las células…)



Para Gustavo, Luis Alberto, Miguel, Frank y varios más que iluminaron con su poesía mis años de oscuridad. Y me siguen acompañando…
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palabras prestadas por bibi:
Guerrero – Invisible – Humo - Naufragio


































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